Cuando el delito se convierte en autoridad
CEID-EDUMAG
El problema de una sociedad no comienza cuando aparece un líder que delinque; comienza cuando sus seguidores consideran que la lealtad hacia él los obliga a renunciar a la capacidad de juzgarlo.
Un líder puede tener seguidores, representar una causa legítima, haber conseguido resultados o expresar ideas con las que millones coinciden. Nada de eso modifica el hecho jurídico de que, si existe pruebas firmes de que ha cometido delitos probados judicialmente pierde legitimidad.
Confundir la legitimidad de una causa, con la inocencia de quien la encabeza es un error lógico. Además, porque no se aprecia una verdadera causa en su detención del poder.
En este momento todos los seguidores de este gobierno tienen un dilema moral, y se pone a prueba la moral de los ciudadanos de “bien” es como cuando la bella dama tiene la seguridad de la promiscuidad de su marido y ella forjada en la espiritualidad, aferrada en sus principios no logra confrontarlo, quizás porque se le viene el mundo encima, entonces decide tolerarlo y así termina convirtiéndose en cómplice de su propia desgracia de vida.
Un movimiento puede defender derechos y su dirigente violarlos. “Tal cual”
Una organización puede tener reivindicaciones legítimas y, al mismo tiempo, estar encabezada por alguien que ha quebrantado la ley, ósea que es un delincuente.
Aquí es donde parece el fenómeno de la obediencia al líder, aquí comienza algo más profundo:
Cuando los seguidores dejan de evaluar las acciones del líder y empiezan a juzgar la realidad según lo que el líder diga, la autoridad sustituye al razonamiento.
Entonces aparece una estructura mental peligrosa:
“Si lo hizo nuestro líder, debe tener una explicación.”
Y posteriormente:
“Si lo condenaron, es porque quieren destruirlo.”
Y finalmente:
“Si atacan al líder, están atacándonos a nosotros.”
En ese momento se produce una transformación: la defensa de una persona comienza a confundirse con la defensa de una identidad colectiva. La evidencia deja de ser el criterio y la pertenencia pasa a serlo.
El delito puede convertirse en una prueba de fidelidad
Esta es quizás la perversión más preocupante.
El líder deja de necesitar demostrar su inocencia. Sus seguidores necesitan demostrar su lealtad.
Por eso pueden aparecer frases como: “No me importa lo que haya hecho.” Si defendió a mafiosos o tuvo vínculos con estafadores o si es un estafador o si es “rata” “los anteriores también robaban.” “Los otros hicieron cosas peores.” “Lo importante es que defiende a los nuestros.” “Mientras haga lo que necesitamos, lo demás no importa.”
Pero ninguna de esas afirmaciones responde a la pregunta fundamental:
¿Es aceptable que quien ejerce poder quebrante las normas que pretende hacer cumplir a los demás?
Si la respuesta es sí, entonces el principio de igualdad ante la ley comienza a desmoronarse. Se destruye el principio de responsabilidad
Una democracia necesita una regla elemental:
El poder no debe convertir al poderoso en una excepción frente a la ley.
Cuando una sociedad empieza a aceptar que “los nuestros” tienen derecho a transgredir porque persiguen una causa considerada superior, aparece una doble moral.
El adversario comete un delito → exigimos justicia.
Nuestro líder comete el mismo delito → buscamos una justificación.
Eso no es pensamiento crítico. Es tribalismo político.
Y el tribalismo tiene una característica particularmente peligrosa: puede convertir a personas racionales en defensoras de comportamientos que, individualmente, jamás aceptarían. Pero hay una distinción indispensable
También sería irracional concluir:
“Como el líder es delincuente, todo lo que representa es falso.”
Eso tampoco se sostiene lógicamente.
Hay que separar persona, conducta, ideas, organización e instituciones.
Un delincuente puede defender una idea verdadera.
Un hombre honesto puede defender una idea equivocada.
Un líder corrupto puede impulsar accidentalmente una política beneficiosa.
Un líder íntegro puede impulsar una política perjudicial.
Por eso el pensamiento crítico no pregunta únicamente:
“¿Quién lo dice?” Pregunta: “¿Qué evidencia sostiene lo que está diciendo?”
El verdadero peligro aparece cuando el líder se vuelve más importante que las instituciones. Aquí está, a mi juicio, el núcleo filosófico del problema.
Una democracia saludable funciona bajo una lógica: las instituciones están por encima de las personas.
El caudillismo invierte la relación:
la persona termina estando por encima de las instituciones.
Entonces el líder comienza a ser presentado como indispensable, irremplazable o víctima permanente de enemigos.
Y cuando una sociedad acepta que “sin él no hay proyecto”, comienza a renunciar a uno de los principios fundamentales de la democracia:
ninguna persona debería ser indispensable para que una sociedad pueda gobernarse.
La pregunta más dura no es sobre el líder
Es sobre nosotros.
Porque un delincuente puede delinquir por decisión propia.
Pero una sociedad que, conociendo una condena firme, decide justificarla, minimizarla o convertirla en una prueba de fidelidad, está haciendo algo diferente: está redefiniendo sus propios límites morales.
Y ahí aparece una pregunta socrática que vale más que cualquier consigna:
Si mañana nuestro adversario cometiera exactamente el mismo delito que hoy justificamos en nuestro líder, ¿seguiríamos pensando que el delito es aceptable?
Si la respuesta cambia según quién lo cometa, entonces no estamos defendiendo un principio; estamos defendiendo a nuestro grupo.
Y esa diferencia es enorme.
Porque el pensamiento crítico no consiste en encontrar argumentos para defender aquello en lo que ya creemos.
Consiste en estar dispuestos a aplicar el mismo criterio de verdad, justicia y responsabilidad a los nuestros y a los otros.
Ahí comienza realmente la autonomía intelectual.
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