Thērion
El término therian proviene del griego “thērion”, que significa bestia o animal salvaje. En los márgenes digitales de finales del siglo XX comenzó a utilizarse para designar a personas que afirman identificarse, no metafóricamente sino de manera ontológica o espiritual, con un animal no humano. No se trata simplemente de simpatía por los felinos o afinidad estética con los lobos; el fenómeno se presenta como una autopercepción profunda: “soy, en esencia, un gato”, “mi alma es de lobo”, “mi naturaleza interior es de zorro”. Las comunidades virtuales amplificaron el concepto, le dieron nombre, símbolos, rituales mínimos, y lo convirtieron en bandera identitaria.
Hasta ahí, el dato frío.
Pero yo no me imagino llegando a la IED Francisco de Paula Santander, cruzando el portón con el mismo entusiasmo de siempre, cargando bajo el brazo mi libro Crecer Filosofando, y entrar en mi salón de clase para toparme con un par de gatitos, no de los que se escurren por los tejados de Macondo, sino adolescentes con orejas sintéticas y cola adherida al pantalón, exigiendo que respete su autopercepción animal. No me imagino pidiendo silencio y que, en vez de un “profe”, me respondan con un maullido solemne. No me imagino levantando el marcador para escribir “Sócrates” en el tablero y escuchar desde el fondo un aullido que reclame territorio.
¿A dónde hemos llegado?
La pregunta no nace del desprecio sino del desconcierto. Porque una cosa es la metáfora, esa vieja herramienta humana para comprendernos y otra muy distinta es la renuncia a la condición humana como refugio ante el desconcierto del mundo.
¿Qué le pasa a esta juventud? ¿Es la ausencia de familia que ya no conversa sino que transmite datos? ¿Son las redes sociales que convierten cualquier rareza en comunidad y cualquier fragilidad en tendencia? ¿Es la inversión de valores donde lo excéntrico adquiere estatuto moral superior por el solo hecho de ser disruptivo? ¿O será, más profundamente, una depreciación del ser humano tan grande que algunos prefieren desertar simbólicamente hacia el reino animal?
Porque el animal no paga arriendo, no declara renta, no vota por corruptos ni fracasa en pruebas estandarizadas. El animal no carga con la angustia existencial que describía Jean-Paul Sartre ni con el “malestar en la cultura” del que habló Sigmund Freud. El animal no se pregunta por el sentido de la vida; simplemente vive. Tal vez ahí radica el encanto: escapar del peso de la conciencia.
Sin embargo, la historia humana ha sido precisamente la conquista de esa conciencia. Desde que Charles Darwin nos recordó que descendemos de ancestros comunes con otras especies, comprendimos nuestra continuidad biológica con el reino animal. Pero Darwin jamás sugirió que negáramos nuestra singularidad simbólica. Somos animales, sí, pero animales que narran, que legislan, que fundan escuelas, que escriben libros, que enseñan filosofía. Somos animales que construyen significado.
En esta nueva crónica macondiana, pareciera que algunos jóvenes, saturados de pantallas y carentes de horizontes sólidos, han decidido que la mejor respuesta al caos es una metamorfosis identitaria. No es la primera vez que la juventud ensaya rupturas simbólicas; cada generación inventa su rebeldía. Lo novedoso aquí es la literalidad. Antes alguien decía “soy un lobo solitario” y entendíamos la metáfora. Ahora algunos afirman: “soy lobo” y exigen coherencia institucional con esa afirmación.
¿Es normal? La psicología contemporánea debate sin consenso. La adolescencia siempre ha sido territorio de exploración identitaria. Erik Erikson habló de crisis de identidad como etapa necesaria del desarrollo. Pero una crisis se atraviesa; no se institucionaliza como destino permanente. Cuando la escuela ese último bastión de racionalidad compartida comienza a dudar si debe adaptar su reglamento para incluir el maullido como forma legítima de participación, uno no sabe si reír o convocar al consejo académico.
Y aquí aparece el tono de nuestro Caribe narrador, a lo David Sánchez Juliao: uno siente que Macondo se nos digitalizó. Antes los muchachos jugaban a ser tigres en el recreo; ahora redactan manifiestos zoológicos en foros internacionales. Antes la fantasía era juego; hoy se reclama como ontología. Y el maestro, pobre maestro, queda atrapado entre el respeto a la dignidad individual y la responsabilidad de no renunciar al pensamiento crítico.
Porque respetar a la persona no implica validar toda construcción simbólica como verdad ontológica. Si mañana un estudiante afirma ser huracán, ¿debo evacuar el aula cuando se enfurezca? Si otro se declara cactus, ¿debo dejarlo sin agua para ser coherente con su identidad? El absurdo revela el límite.
Tal vez el fenómeno therian no sea más que un síntoma. Un síntoma de soledad, de hiperconectividad sin comunidad real, de familias fragmentadas, de instituciones debilitadas. Un síntoma de una cultura que exalta lo extraordinario y desprecia lo ordinario, donde ser simplemente humano parece poco. Ser humano exige responsabilidad, límites, diálogo, contradicción. Ser humano implica soportar la angustia de no saber quién se es todavía.
Y entonces uno se pregunta: ¿dónde están los psicólogos? ¿Dónde los orientadores escolares? ¿Dónde la conversación profunda que no ridiculiza pero tampoco abdica de la razón? Porque entre la burla cruel y la validación acrítica hay un punto medio: el acompañamiento reflexivo. Preguntar con calma: ¿qué significa para ti sentirte gato? ¿Qué necesidad expresa esa afirmación? ¿Qué dolor la sostiene? ¿Qué vacío intenta llenar? yo los invitaría a hacer mayéutica.
La filosofía para niños, esa que defendemos con terquedad caribe, no busca domesticar fantasías sino interrogarlas. No para aplastarlas, sino para que no aplasten la razón. Si un joven dice “soy lobo”, el maestro puede preguntar: ¿qué del lobo admiras? ¿Su libertad? ¿Su fuerza? ¿Su pertenencia a la manada? Entonces hablamos de libertad, de comunidad, de identidad. Convertimos el maullido en argumento.
Pero no deja de ser inquietante que, en una época donde la humanidad enfrenta crisis climática, desigualdad y violencia, algunos prefieran ensayar la fuga simbólica hacia el bosque imaginario. Quizás sea más fácil aullar que debatir; más sencillo mover la cola que sostener una postura ética.
Y mientras tanto, yo sigo imaginando esa escena improbable pero cada vez menos imposible: entro al salón, saludo, y un coro felino responde. Respiro hondo. Miro el tablero. Escribo con letras grandes: “¿Qué significa ser humano?”. Y antes de que alguien saque las garras, les propongo pensar. Porque si algo nos distingue más allá de colas postizas y orejas de plástico es la capacidad de preguntarnos quiénes somos.
Si algún día amanezco con orejas grandes, no será de conejo. Será de tanto escuchar silencios institucionales y maullidos sociales sin que nadie se atreva a interrogar el fondo del asunto. Y ahí, en medio de este Macondo contemporáneo, la tarea no será expulsar a los supuestos gatos, sino recordarles y recordarnos que la dignidad humana no se abandona como uniforme viejo.
Quizá el verdadero peligro no es que algunos quieran ser animales, sino que nosotros dejemos de ejercer lo más humano que tenemos: la razón crítica, el diálogo y la responsabilidad compartida.
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