LA MARCHA QUE FUE, LA MARCHA QUE SOMOS

              Un llamado a la dignidad del maestro y a la defensa de la educación pública.

    Elkin Palma Barahona

      CEID-EDUMAG


Hubo un tiempo en que los maestros de aquel Magdalena grande decidieron caminar. No caminaron porque les sobraran fuerzas. Caminaron precisamente porque les faltaban. Les faltaba salario, les faltaba reconocimiento, les faltaban condiciones dignas para enseñar. Pero les sobraba algo que hoy parece escasear: la conciencia de que la dignidad, cuando es pisoteada, no se negocia: se defiende.

Aquella marcha no fue solamente un desplazamiento de maestros por las carreteras de Colombia. Fue una escuela abierta sobre el asfalto. Una escuela donde el maestro aprendió que también se educa cuando se protesta, cuando se pregunta, cuando se dice ¡basta!

Sesenta años después, la historia nos vuelve a preguntar.

Y la pregunta no es solamente qué hicieron aquellos maestros.

La pregunta verdaderamente incómoda es:

¿Qué estamos haciendo nosotros con el legado que ellos nos dejaron?

Porque una generación recibió una escuela precaria y decidió luchar para transformarla. ¿Qué hacemos nosotros cuando encontramos escuelas sin ventilación, sin infraestructura adecuada, sin materiales suficientes, con niños que aprenden bajo condiciones que ningún discurso oficial alcanza a justificar?

¿Nos acostumbramos?

¿Nos resignamos?

¿Aprendimos a llamar “normal” aquello que nunca debió serlo?

El maestro no nació para obedecer la injusticia

Freire nos enseñó que la educación nunca es neutral cuando se desarrolla dentro de una sociedad atravesada por desigualdades.

El maestro puede enseñar a leer palabras, pero también puede enseñar a leer el mundo.

Y leer el mundo significa reconocer cuándo una escuela está abandonada.

Significa preguntarse por qué a unos niños se les ofrece una educación con todas las condiciones y a otros se les pide que aprendan en medio del calor, la precariedad y el abandono.

Significa comprender que detrás de cada carencia escolar existe una decisión política sobre qué sociedad queremos construir.

Por eso, la resignación también educa.

Educa para obedecer.

Educa para aceptar.

Educa para pensar que nada puede cambiar.

Y quizá uno de los mayores peligros de nuestro tiempo no sea que el maestro tenga miedo de protestar.

Es algo más profundo:

que haya dejado de indignarse.

¿Dónde quedó aquella voz?

A los maestros de aquella Marcha del Hambre no los movilizó la comodidad.

Los movilizó la dignidad.

No preguntaron primero cuánto les costaría luchar.

Preguntaron cuánto les costaría no hacerlo.

Aquella pregunta debería volver a las salas de profesores, a los patios, a las reuniones, a las aulas:

¿Qué precio pagará la educación pública si nosotros dejamos de defenderla?

Porque el sometimiento no siempre llega con cadenas.

A veces llega convertido en costumbre.

A veces tiene la forma de un formulario.

A veces se presenta como una jornada interminable.

A veces se disfraza de “así son las cosas”.

A veces entra silenciosamente en la conciencia del maestro y le susurra:

“No vale la pena.”

Y ahí comienza la derrota.

No cuando perdemos una reivindicación.

No cuando una protesta fracasa.

No cuando un gobierno desoye una petición.

La derrota comienza cuando dejamos de creer que tenemos derecho a transformar aquello que nos oprime.

Maestro del 1278: no confundas estabilidad con dignidad

A la nueva generación de maestros habría que hacerle una pregunta sin adornos:

¿De qué sirve la estabilidad laboral si la escuela permanece inestable?

Tener un nombramiento no significa tener garantizada la dignidad.

Tener un salario no significa aceptar cualquier condición de trabajo.

Tener un empleo no significa renunciar a la conciencia crítica.

El maestro no puede convertirse en un funcionario que cumple horarios mientras contempla cómo se deteriora aquello que juró defender: el derecho de sus estudiantes a una educación digna.

La estabilidad debe ser una plataforma para la libertad, no una jaula para la conciencia.

Y si alguna conquista laboral permite al maestro enseñar con mayor tranquilidad, debe servir también para darle mayor libertad para preguntar, investigar, disentir y participar.

Porque un maestro que tiene miedo de preguntar difícilmente podrá formar estudiantes capaces de hacerlo.

La escuela también se privatiza cuando nos acostumbramos al abandono

Hablar de defensa de la educación pública no significa solamente discutir quién administra una institución.

Hay una privatización más silenciosa:

la privatización de la responsabilidad colectiva.

Cuando la sociedad termina aceptando que cada escuela debe resolver individualmente sus carencias, cuando cada maestro debe sacar de su bolsillo aquello que debería garantizar el sistema, cuando la familia debe compensar las ausencias del Estado y cuando la comunidad termina creyendo que la precariedad es inevitable, lo público comienza a perderse mucho antes de que aparezca un contrato de privatización.

Por eso debemos estar atentos.

La educación pública no solamente se defiende en las leyes.

Se defiende en el presupuesto.

Se defiende en la infraestructura.

Se defiende en la autonomía pedagógica.

Se defiende en las condiciones laborales.

Se defiende en la investigación.

Se defiende en la participación democrática.

Y, sobre todo, se defiende cuando el maestro decide que la escuela pública merece la misma dignidad que cualquier institución destinada a las élites.

La Marcha del Hambre nos dejó una pedagogía

Aquellos maestros no escribieron solamente una página sindical.

Escribieron una pedagogía.

Una pedagogía que podría resumirse en algunas sentencias para nuestro tiempo:

Cuando la injusticia se vuelve costumbre, rebelarse contra ella vuelve a ser un acto educativo.

El maestro que no defiende su dignidad difícilmente podrá enseñar a sus estudiantes a defender la propia.

Una escuela sin condiciones dignas no necesita maestros resignados; necesita maestros organizados.

El silencio frente a la injusticia también transmite un mensaje: que la injusticia puede continuar.

La protesta no es enemiga de la educación; muchas veces ha sido su partera.

No hay pensamiento crítico si no somos capaces de cuestionar aquello que se presenta como inevitable.

La obediencia puede producir funcionarios; la conciencia produce ciudadanos.

La escuela pública no es un favor del Estado: es un derecho del pueblo.

El maestro no es solamente quien enseña contenidos; es también quien ayuda a una comunidad a comprender su realidad.

Quien aprende a leer el mundo difícilmente acepta que otros escriban por él su destino.

Pero hay una pregunta todavía más dura

A los maestros que hoy permanecen indiferentes habría que preguntarles, sin condenarlos:

¿Qué tendría que ocurrir para que volvamos a sentir que algo nos pertenece?

No se trata de pedirles que sean héroes.

Los héroes pertenecen a los monumentos.

Los maestros pertenecen a las escuelas.

Se trata de recuperar algo mucho más sencillo y mucho más poderoso:

la capacidad de indignarnos colectivamente.

Porque un maestro aislado puede sentirse impotente.

Pero un maestro que descubre que sus compañeros también preguntan, también piensan, también sienten y también se organizan, deja de ser un individuo frente al poder y empieza a convertirse en sujeto colectivo.

Eso fue, en esencia, la Marcha.

Una multitud de maestros descubriendo que juntos podían hacer visible aquello que el poder prefería mantener invisible.

La marcha no terminó

Quizá hemos cometido un error al decir que la Marcha del Hambre ocurrió hace sesenta años.

La Marcha ocurrió.

Pero no necesariamente terminó.

Continúa cada vez que un maestro se niega a aceptar como normal una escuela indigna.

Continúa cuando un colectivo docente investiga su realidad y propone alternativas.

Continúa cuando los estudiantes preguntan por qué su escuela tiene menos oportunidades que otras.

Continúa cuando una comunidad defiende su institución educativa.

Continúa cuando el maestro entiende que educar también significa participar en la construcción de una sociedad más justa.

La Marcha que fue debe convertirse en la Marcha que somos.

No para repetir exactamente sus pasos.

Sino para recuperar su espíritu.

Porque cada generación tiene su propia forma de caminar.

Aquellos maestros caminaron por las carreteras.

A nosotros nos corresponde caminar por la conciencia de las nuevas generaciones.

Y quizá esa sea la tarea más urgente:

volver a enseñar que la dignidad no se hereda: se ejerce.

Que los derechos no sobreviven por sí solos.

Que la educación pública no se conserva por inercia.

Que ningún gobierno, ningún modelo económico y ninguna burocracia pueden reemplazar la responsabilidad histórica de una sociedad con sus niños.

Y que el maestro, cuando comprende el poder de su palabra, deja de ser solamente quien explica el mundo.

Se convierte en alguien que ayuda a transformarlo.

Porque todavía tenemos hambre

Aquellos maestros marcharon porque tenían hambre.

Nosotros quizá tengamos otro tipo de hambre.

Hambre de dignidad.
Hambre de justicia.
Hambre de escuelas dignas.
Hambre de democracia.
Hambre de reconocimiento.
Hambre de futuro para nuestros estudiantes.

Y mientras exista esa hambre, la Marcha no habrá terminado.

Porque una sociedad verdaderamente educada no es aquella donde sus maestros han aprendido a soportarlo todo.

Es aquella donde ningún maestro tiene que soportarlo todo para poder enseñar.

La Marcha fue de ellos.

El legado es nuestro.

Y ahora la pregunta vuelve a caminar entre nosotros:

¿Seguiremos enseñando a nuestros estudiantes que deben transformar el mundo, mientras nosotros permanecemos inmóviles frente a aquello que debemos transformar?

Ahí comienza nuevamente la Marcha.

No en las carreteras.

En la conciencia.

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