Crónica para un jardín de maestras
ELKIN PALMA BARAHONA
Hola mis reinas colegas, este 8 de marzo quizás estarán esperando el más mínimo detalle de nosotros, los hombres de esta sala profesoral santanderistas. Podría ser injusto particularizar, pero hay una verdad innegable para todos los hombres de esta comarca del universo: “Todas tienen algo de Dios” y el que no lo entienda que se pregunte ¿Quienes dieron origen a la humanidad y quienes sostienen al mundo?.
Es posible que no alcance a detectar con mis antenas críticas y emocionales el vasto sendero espiritual que detenta el cielo que las protege. No seré objetivo, porque la objetividad no existe cuando el origen de los conceptos es el amor y la bienectud por la otredad. Por eso hoy intento hablar con la torpeza luminosa de quien ve pasar mariposas amarillas por esta sala de aire medio cálido, que bosteza sudor y tolerancia y que esta vez avisa que algo sagrado ocurre.
Dicen que, en ese patio grande barnizado con concreto octogenario, cuando el sol se cuela por las ventanas como un estudiante travieso, crece un jardín de mujeres que ni el calendario se atreve a marchitar. Y uno pasa por ahí como quien cruza la plaza de un pueblo de esos donde las campanas suenan solas y cada saludo tiene historia.
Ahí hace presencia Angélica, una maestra dulce que abraza a cada maestro con la misma naturalidad con la que el viento abraza los seniles tamarindos que aún perviven en este patio desolado. Si uno deleita sus buenos días, comprende que cada jornada vale la pena y piensa… mañana me levantare más temprano sin lamentarme.
Un poco más allá con pasos muy lentos como pisando poesías, camina Lourdes, bella maestra guardiana del pasado, poeta de los recuerdos. Tiene la mirada de quien ha visto tantas mañanas que ya conversa con ellas como si fueran amigas de siempre. Ahí muy cerca con aroma de alegría aparece Yaque, la más emotiva del patio, pero también la más frentera. Ríe como quien abre una ventana, pero cuidado… que también tiene el corazón tan sensible que cualquier injusticia le hace fruncir el alma. Más allá como símbolo de quietud y serenidad esta Verena, pastora de palabra convincente, que saluda a la distancia pero sin despojarse del cariño que nos convida a quererla, en cambio reparte comprensión como las abuelas sabias: con regaño incluido. Porque en su mundo espiritual los saludos también vienen en forma de “¡pórtese bien!”
Si el patio se llena de voces, seguro Aracelis anda cerca, social como una fiesta de barrio y saludable como una caminata al amanecer. Hasta que aparece Cecilia, uno entiende que el cariño también puede servirse en plato fino: un postre elegante que deja a todos con ganas de repetir, pocos hablan de sus ojos, pero sí, muchos quisieran que cada pequita que lleva en sus brazos fuera un año menos pa que siempre cada año que pase le deje recuerdos.
Dicen los profes y lo dicen bajito para que no se note la competencia, que todos quieren mucho a Karol. Pero siempre aparece alguien jurando que en su cariño nadie le gana… y lo dice sin entender que la plateña tiene mil formas de expresarlo.
Y allá a la distancia la seño Rosa Fadul, germina cada mañana como una flor tejida por el tiempo, suelta una sonrisa para demostrar que la escuela no ha pasado por ella y prueba de ello es que puede llevar la cuanta de cuantas baldosas en blanco y negro tienen sus pasillos.
En este mismo espacio, encontramos otra Rosa que con fortuna tenemos para conformar un rosal distinguido, esta la del vestidito que habla de su sencillez, nos confunde con su mirada, mirada que atrapa hasta a los relojes, camina por los pasillos como una flor que sabe que florecer también es cultivar una bella amistad.
La primavera misma pidió permiso para copiar las flores santanderistas de Dayana, y todavía anda tratando de imitarle el color de su voz, de su pensamiento creativo y sensible con cada oración traducida, convierte cada clase en un puente donde las palabras cruzan fronteras y despiertan curiosidad.
En este mismo escenario, Delsy saluda con tanta confianza que uno queda seguro de algo: “esa mujer sabe que la amamos” y lo confirma cada mañana antes de descargar en las mesas redondas los motetes que la hacen singular en la diversión de aula.
En los ojos de Kathya viven emociones enteras; a veces uno piensa que a esa mirada le vendría bien un abrazo grande, de esos que duran lo que dura un aguacero que viene de taganga.
En esa cancha-patio Yorle corre detrás de los saludos como si fueran mariposas, y la gallardía misma se enfurece de no poder alcanzarla.
Diana, fina como su figura, guarda tanta alegría que cuando saluda endulza el día más que un termo entero de café. Desfila en cada acto y estamos seguro que esa plaza de concreto derruido extrañara su presencia.
Azenet llega con una emoción grande, tan grande como su presencia y dulce como ese ponqué que alguien todavía le debe.
Y María Ema, sanjuanerita de sonrisa firme, mantiene el ritmo del mundo sin perder ni un perfil de su gracia.
A Olga es imposible no verla: la niña más grande que existe, una mezcla de inocencia y carácter que no cabe en un solo saludo.
Yulibeth es el misterio del patio: cómo en tan poquitos huesos y tan poquita carne cabe tanta alegría que parece fiesta.
Con Osiris basta un saludo para sentir algo antiguo y poderoso: ese amor de madre que no necesita explicación.
Marcela tiene músculos, sí, pero no de hierro… de amor. Porque cada mañana levanta el ánimo de todos como quien levanta pesas invisibles.
María Mercedes buscó la paciencia y la alegría… y resulta que las encontró dentro de sí misma, por eso cada mañana está ahí para todos.
Margarita, deshojó una flor y termino entendiendo a cada colibrí del jardín. Desde ayer pudo convencernos que la pedagogía no solo es ciencia sino que también es el arte de empatizar para construir la vida.
Cuando llega Yeceimi, uno siente que la tristeza se levanta y se va sola, porque esa mujer no permite que la tristeza se siente en su mesa.
Adela, tiene el talento secreto de alegrarse sin querer, como si su risa se escapara antes de pedir permiso… Buenos días niños yo también lo fui, ¿pero saben?, aún lo soy..
Dilia, levanta las manos y dice: “¡Cálmense abrazos forasteros, que yo también los amo colegas!” … y el patio entero se ríe, porque ahí hay señorio.
Francis saluda con elegancia cachaca, pero dulce como el canto de la calandria, Aunque frunce el ceño para entregar un horario mas. llega al aula con una expresión serena, como quien trae consigo una brisa suave que ordena el día. Es tan comprensiva que parece haber aprendido a escuchar incluso lo que los estudiantes no dicen.
Sobeida, con solo pronunciar su nombre, ya invita a acercarse… y su voz se vuelve liviana como las nubes tempranas. Estas en vitrina maestra, como quien espera soportar cada mirada, no para ser aceptado sino para iniciar el curso completo de “como dejarse querer”..
Dina También disfruta del sol atravesando esta cancha centenaria, En ella camina sembrando calma donde otros siembran tormenta, ella la que ausculta familias y entornos cuando a un estudiante se le desbarata el alma. merece otra descripción… pero alguien susurra que, si seguimos hablando bonito de ella, los celos van a pedir reunión urgente.
A Patricia le seguimos el rastro de dulzura desde la universidad…sus huellas de miel fueron endulzando contextos y las almas ocultas en senderos educativos casi olvidados. Tu palabra sabia y tu paciencia infinita describen la foto más agradable de esta escuela.
Juanita es la vecina que cualquiera querría tener: un portento de cercanía que hace sentir el barrio incluso dentro de la escuela.
Ara a la izquierda de Juana parece siempre disponible, tan fácil como contar uno, dos, tres… y uno se pregunta: ¿cómo hace para comentar y arreglar al mundo con solo chasquea sus dedos?
Stefani, aparece poco, pero ya la queremos mucho… porque hay presencias que se ganan el cariño antes de sentarse. Todos estamos en tu diván con un solo diagnóstico, alegría intensa..
Si alguien no conociera a Toña, juraría que es la dueña del colegio… porque camina con esa seguridad que solo tienen las mujeres que saben lo que valen. “Santander goza de tu labor que se nota al despuntar el sol”
Sosefina: tan linda y tan fina como la margarina, demuestra que la delicadeza también puede ser una forma de liderazgo.
Mónica, tiene la energía de esa chiquilla inquieta de la canción antigua: la que pondera la risa antes que el regaño, y aun así siempre está a la espera de una bailable melodía...
Lorena, es de esas almas dulces que sirven un plato… y luego otro… y luego otro, porque la generosidad no conoce medidas ni límites.
Kelly, merece que el sol del patio vestido de mañana baile al son de aplausos por todo su servicios.
Dayris, lanza una mirada que ya viene con pregunta incluida: “¿Quiere algo, profe?” sin importarle que algunos miran mal la gratitud aun sin el color de los propósitos.
Y Luz… ah, Luz. Algún día, dicen los pasillos, alguien le pedirá fiado todo lo que ha dado en paciencia, soportando una jauría interminable de clientes cautivos.
Y así, entre risas, abrazos, regaños cariñosos, carreras por los pasillos y saludos que curan el cansancio… uno entiende que este colegio no es solo un lugar.
Es un pueblito pintoresco lleno de mujeres extraordinarias donde corren iguanas por sus calles y palomas que picotean el piso agrietado de su plaza.
Porque si algo sabe este patio, es que el mundo camina mejor cuando lo sostienen las manos de una mujer.
Y aquí hay tantas que el sol, cuando se levanta, pide permiso para entrar… por si interrumpe tanta grandeza.
Feliz Día de la Mujer.
Que nunca falten sus risas, sus regaños amorosos y esa magia cotidiana que convierte un colegio en un pequeño Macondo lleno de vida.
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