“Cuando la Arrogancia Gobierna el Planeta”
ELKIN PALMA BARAHONA
CEID-EDUMAG
Hay figuras que no solo gobiernan un país sino que tensan la respiración del planeta. Donald Trump es una de ellas: no por la estatura moral de su liderazgo, sino por la magnitud del ruido venenoso que produce.
Es la encarnación de una paradoja norteamericana: la nación que predica libertad mientras coquetea con el autoritarismo cuando el miedo le resulta rentable. En él convergen el espectáculo, el nacionalismo inflamado y la diplomacia convertida en transacción. No gobierna como estadista, sino como empresario de la geopolítica: si hay petróleo bajo la tierra, hay cálculo sobre la mesa.
Su retórica simplifica el mundo en amigos útiles y enemigos descartables. Bajo esa lógica, los países del sur global no son interlocutores soberanos sino territorios estratégicos. Y cuando el poder reduce la política internacional a un juego de dominación, la vida humana termina convertida en daño colateral que cabe en una rueda de prensa.
El problema no es solo el hombre; es lo que revela. Revela una democracia capaz de elegir el músculo antes que la mesura. Revela un electorado seducido por la promesa de grandeza aunque esa grandeza implique cerrar fronteras morales. Revela un tiempo histórico donde la arrogancia se confunde con franqueza y la imprudencia con valentía.
El mundo no está en vilo por un lunático —esa palabra tranquiliza porque individualiza el problema—. Está en vilo porque una estructura de poder permite que el temperamento personal influya en decisiones que afectan continentes enteros. Y eso sí es inquietante.
No es un accidente; es síntoma. Síntoma de una era en la que la política se teatraliza, la verdad se relativiza y la fuerza vuelve a presentarse como argumento legítimo.
Y lo verdaderamente perturbador no es que exista un líder así, sino que millones lo consideren necesario.
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