¿Está la nueva generación de maestros preparada para enfrentar el reto de una nueva educación emancipadora hacia la libertad y la democracia?

     ELKIN PALMA BARAHONA

                CEID-EDUMAG     


La pregunta no es menor. En realidad, toca el corazón de una de las mayores contradicciones de la educación colombiana contemporánea: se anuncia una nueva escuela, pero todavía no sabemos si hemos formado al maestro capaz de construirla.

Hablar hoy de una educación emancipadora, democrática, crítica y orientada hacia la libertad supone mucho más que cambiar discursos, decretos, currículos o modelos de evaluación. Significa transformar profundamente la manera como concebimos al maestro, al estudiante, al conocimiento y a la propia escuela. Supone pasar de una educación centrada en la obediencia y la reproducción de contenidos a una educación capaz de formar sujetos que piensen, cuestionen, argumenten, participen y transformen su realidad.

Pero aquí aparece una pregunta incómoda: ¿está realmente preparada la nueva generación de maestros para asumir ese desafío?

La respuesta no puede ser complaciente.

No vamos hablar de los antiguos maestros, ni de los que ya estamos saliendo, de esos que este gobierno amenazo con destripar, sino de los que están llegando al magisterio, me refiero a los del 1278, una nueva generación de docentes con enorme potencial, sensibilidad social, dominio de herramientas digitales, capacidad creativa y disposición para innovar, pero no se han formado en pedagogías críticas, pero fuera de lo anterior, también ha llegado a la escuela, muchos profesionales de otras áreas, sin vocación y ningún perfil pedagógico que garantice la eficacia del proceso. Estos maestros no han trascendido en el sendero del movimiento pedagógico, y ahí está el dilema, sino conocen los propósitos del movimiento y mucho menos la historia para comprender la lucha histórica que han librado los maestros desde la marcha del hambre  no podremos pretender que esta nueva pleya de maestros lideren la construcción de la nueva escuela que necesita los niños y los jóvenes del  país, pretendemos construir una escuela emancipadora con maestros que muchas veces fueron educados bajo modelos poco emancipadores.

Y esa contradicción no puede ocultarse.

El maestro que necesitamos todavía no es necesariamente el maestro que estamos formando

Desde décadas, el sistema educativo colombiano esta atravesado por una lógica en la que la calidad termina asociándose con resultados medibles, competencias, estándares, pruebas, indicadores, formatos, evidencias y cumplimiento.

El maestro fue progresivamente atrapado por una paradoja: se le pidió que formara estudiantes críticos, pero se redujo su propio margen para ejercer pensamiento crítico sobre su práctica; se le habló de innovación, pero se le llenó de procedimientos; se le pidió autonomía, pero se multiplicaron las formas de regulación y control; se le exigió transformar la sociedad, mientras se le concedía cada vez menos tiempo para investigar, leer, escribir, debatir y construir conocimiento pedagógico.

En ese contexto, el neoliberalismo no solamente penetró la economía. También penetró la escuela.

La lógica de la eficiencia comenzó a desplazar la lógica de la formación humana. El estudiante apareció como usuario, el conocimiento como competencia, el maestro como operador pedagógico y la institución educativa como una organización obligada a demostrar resultados.

El problema es que una escuela gobernada exclusivamente por la lógica de los resultados difícilmente puede formar seres humanos para la libertad.

  • Porque la libertad no se puede medir únicamente en una prueba.
  • La democracia no cabe completamente en un indicador.
  • La conciencia crítica no puede reducirse a una rúbrica.
  • Y la emancipación no puede convertirse en otra competencia que el estudiante deba certificar.

La nueva escuela exige un nuevo maestro

El horizonte que comienza a dibujarse desde las nuevas políticas educativas plantea la necesidad de recuperar la escuela como territorio de derechos, participación, pensamiento crítico, inclusión, ciudadanía y transformación social.

Pero una nueva concepción de escuela exige necesariamente una nueva concepción de maestro.

Ya no basta con dominar una disciplina. El maestro de la nueva escuela necesita comprender el contexto social de sus estudiantes, leer críticamente la realidad, investigar su propia práctica, trabajar colaborativamente, dialogar con la comunidad, utilizar las tecnologías de manera crítica y no simplemente instrumental, comprender las nuevas culturas juveniles y construir ambientes donde la pregunta tenga tanto valor como la respuesta.

El desafío es enorme.

¿Porque no se puede formar un maestro emancipador únicamente enseñándole nuevas metodologías?

La emancipación pedagógica no consiste en cambiar el tablero por una pantalla, ni el cuaderno por una plataforma digital, ni la clase magistral por una actividad lúdica.

Eso sería apenas cambiar los instrumentos sin transformar el paradigma.

Un maestro emancipador necesita preguntarse:

¿Para qué enseño?

¿A quién estoy formando?

¿Qué intereses reproduce mi práctica?

¿Qué voces quedan por fuera del aula?

¿Qué tipo de ciudadano estoy ayudando a construir?

Y, sobre todo:

¿Estoy enseñando a obedecer o estoy enseñando a pensar? sabemos que esto último no está en los planes de este gobierno porque para ellos enseñarle al alumno a pensar es adoctrinar, por esos los CEID tienen que ser autónomos en el desarrollo y proyección del movimiento pedagógico.

Las barreras que enfrenta la nueva generación de maestros

Sería ingenuo atribuir a los jóvenes maestros toda la responsabilidad de construir esta nueva escuela. Ellos llegan a instituciones que todavía conservan estructuras, culturas y prácticas profundamente tradicionales.

La primera barrera es la formación inicial.

Muchas facultades de educación continúan enfrentando el desafío de articular teoría, investigación y práctica. El futuro maestro puede salir con conocimientos disciplinares y metodológicos, pero no necesariamente con las herramientas suficientes para investigar sistemáticamente su contexto, leer críticamente las políticas educativas, comprender las desigualdades sociales o convertir su experiencia cotidiana en conocimiento pedagógico.

La segunda barrera es la burocratización de la profesión docente.

El maestro que acaba de llegar a la escuela descubre rápidamente que enseñar no es su única tarea. Debe diligenciar formatos, responder requerimientos, elaborar informes, registrar evidencias, atender reuniones, participar en proyectos, cumplir cronogramas y responder a múltiples demandas institucionales.

Entonces aparece una contradicción devastadora:

le pedimos que investigue, pero no siempre le damos tiempo para investigar; le exigimos innovar, pero muchas veces no le garantizamos condiciones para hacerlo; le hablamos de autonomía, pero su práctica está rodeada de controles.

La tercera barrera es la precariedad material de muchas escuelas públicas.

No puede hablarse seriamente de una educación emancipadora mientras existan instituciones con problemas de infraestructura, dificultades de conectividad, insuficiencia de recursos pedagógicos, ambientes escolares deteriorados y comunidades que enfrentan profundas desigualdades sociales.

La pedagogía también necesita condiciones materiales.

No se puede pedir una revolución pedagógica desde aulas donde todavía se lucha por garantizar lo elemental.

La tecnología: oportunidad, pero también nueva forma de dependencia

La nueva generación de maestros tiene una ventaja que otras generaciones no tuvieron: nació o creció en medio de una revolución tecnológica.

Pero aquí también debemos ser críticos.

Saber utilizar tecnología no significa saber educar con tecnología.

Un maestro puede manejar plataformas, producir videos, utilizar inteligencia artificial, diseñar presentaciones y navegar por redes sociales y, sin embargo, continuar reproduciendo una pedagogía tradicional.

La tecnología puede democratizar el conocimiento, pero también puede convertirse en un nuevo mecanismo de dependencia.

Puede ampliar la autonomía intelectual o reducirla.

Puede estimular la creatividad o reemplazarla.

Puede facilitar la investigación o producir estudiantes que simplemente copian respuestas.

Por eso el desafío no consiste en formar maestros digitales, sino en formar maestros críticos frente a lo digital.

El maestro del futuro tendrá que enseñar algo todavía más difícil que utilizar una herramienta tecnológica: tendrá que enseñar a los estudiantes a pensar en medio de una sociedad saturada de información, algoritmos, publicidad, redes sociales, inteligencia artificial y manipulación de la atención.

La pregunta ya no es solamente cómo enseñar.

También debemos preguntarnos:

¿Cómo enseñar a pensar cuando otros están intentando pensar por nosotros?

Otra barrera: una juventud que llega a la escuela con nuevas formas de relacionarse con el conocimiento

La escuela tampoco puede seguir suponiendo que el estudiante del siglo XXI es el mismo estudiante de hace treinta años.

Los jóvenes construyen hoy identidades, relaciones y formas de acceder al conocimiento a través de redes sociales, videojuegos, plataformas digitales, música, videos y comunidades virtuales.

Estos nuevos maestros muchas veces interpretan este fenómeno solamente como una amenaza. pero también puede ser una oportunidad.

El problema aparece cuando el maestro no comprende los lenguajes culturales de sus estudiantes y termina enfrentándose a ellos en lugar de dialogar con ellos.

La nueva escuela necesita maestros capaces de entrar al mundo de los jóvenes sin perder la autoridad pedagógica, pero transformando la autoridad entendida como imposición por una autoridad basada en el conocimiento, el diálogo y la capacidad de orientar. Esto muchos lo ven difícil y ha sido una constante desde el CEID, que se ha venido trabajando con propuestas esperando la gestión de directivas para ponerlas en práctica. 

El peligro de convertir la emancipación en una nueva consigna

Con la emancipación tendremos que enfrentar una lucha con este gobierno que no la percibe como el centro de la formación integral sino como el centro de un ideario subversivo que debe estar por fuera de las aulas

También debemos tener cuidado con algo.

La palabra emancipación puede convertirse fácilmente en una consigna vacía.

Podemos hablar de libertad, democracia, pensamiento crítico y transformación social durante horas y continuar haciendo exactamente lo mismo en el aula.

Podemos organizar congresos, encuentros, foros y seminarios sobre innovación pedagógica y regresar el lunes a una escuela donde el estudiante continúa sentado en silencio, el maestro continúa hablando durante toda la clase y la evaluación continua premiando principalmente la repetición.

Por eso la emancipación debe demostrarse en las prácticas.

Una escuela democrática no es aquella que simplemente habla de democracia.

Es aquella donde los estudiantes aprenden a ejercerla.

Una escuela crítica no es aquella que utiliza la palabra “crítico” en sus documentos institucionales.

Es aquella donde preguntar no constituye una amenaza.

Una escuela emancipadora no es aquella que proclama la libertad.

Es aquella donde el estudiante aprende a pensar con autonomía.


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