CUANDO LA ESTUPIDEZ SUPERA LA RACIONALIDAD

                                                                               ELKIN PALMA BARAHONA
Que más de diez millones de colombianos hayan respaldado a un pseudocandidato señalado de estafar a todos los capos,  narcos,  a dueños de pirámides, que aparezca como testaferro de magnates  extraditados y que a la vez proponga legalizar dineros de la mafia y el narcotrafico, de  alguien que  se basara en la línea política y económica de Milei, del que propone que destripará a FECODE y a todo surdo sarnoso, que eliminara el aumento del salario mínimo, que privatizara la educación,  que eliminara las libertades individuales,  que invalidara la inclusion, que apesar de su soterrada condición sexual es homofobico, ateo consagrado y arrepentido en campaña, quien anuncia la creación de carceles para lo habitantes de calle y todo aquel que porte  un tatuaje, que derogara los subsidios de tercera edad, que anulara  toda directriz  ambiental para darle paso al fraking y que además reducirá el estado en un 40%,  Esto no puede explicarse únicamente por la ignorancia, la manipulación o la necesidad económica. La pregunta es más profunda y más inquietante: ¿qué ocurre en una sociedad cuando las consideraciones morales dejan de ser decisivas en la elección de sus gobernantes?
En esta sociedad liquidad, con un cerebro igual de líquido derivado de un contexto completamente alecturado por la cual ha sido fácil su cooptación por la superestructura informativa que a la vez ha creado una narrativa apócrifa que ha movido el imaginario colectivo de quienes aún les cuesta pensar críticamente.

Por otro lado, buscando respuesta a tal estupidez, Dietrich Bonhoeffer, quien enfrentó el ascenso del nazismo en Alemania, escribió una reflexión perturbadora sobre la estupidez. Para él, la estupidez no era una falta de inteligencia, sino una incapacidad para ejercer un juicio crítico propio. El individuo renuncia a pensar por sí mismo y termina adoptando las consignas, emociones y relatos que le ofrece el grupo al que pertenece.

Desde esta perspectiva, el problema no radica solamente en el candidato, sino en las condiciones sociales que hacen posible su éxito. Cuando la indignación reemplaza a la reflexión, cuando la identidad política importa más que la verdad y cuando el líder es visto como un salvador antes que como un servidor público, la ciudadanía corre el riesgo de entregar su autonomía intelectual.

Bonhoeffer advertía que la estupidez es más peligrosa que la maldad. Contra la maldad es posible luchar porque se reconoce como tal; la estupidez, en cambio, se protege a sí misma. Quien ha dejado de pensar críticamente suele rechazar los hechos que contradicen sus creencias y considera enemigos a quienes intentan cuestionarlas.

Tal vez la pregunta no sea por qué diez millones de colombianos votaron por un candidato discutido moralmente. La pregunta es qué ha fallado en nuestra cultura política para que la ética se convierta en un asunto secundario frente a la rabia, el miedo, la esperanza o la lealtad partidista.

Una democracia madura no se mide por la cantidad de votos que obtiene un líder, sino por la capacidad de sus ciudadanos para examinar críticamente a quienes aspiran a gobernarlos. Cuando la reflexión cede ante el fanatismo, la democracia conserva las urnas, pero comienza a perder su alma.

Y entonces surge la pregunta más incómoda de todas: ¿estamos eligiendo gobernantes según sus principios o según nuestras frustraciones? ¿Votamos por proyectos de país o por emociones pasajeras? ¿Estamos pensando por nosotros mismos o simplemente repitiendo lo que otros quieren que pensemos?
No sé si Bonhoeffer tenga razón pero lo cierto es que este resultado electoral no tiene ninguna explicación, hay tanta diferencia en la conveniencia no en los pobres, en la clase media, sino en el proyecto de país que ya viene caminando y que esta adporta de ser abortado, solamente por el maldito odio..


 

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