Santa Marta, una ciudad educadora con resultados en una evaluación que no reflejan su historia
Una mirada crítica desde la pedagogía, la historia del magisterio y los límites de la evaluación estandarizada.
Por Elkin Palma Barahona
CEID-EDUMAG
No se trata de negar la responsabilidad que nos cabe como maestros, ni tener en cuenta lo determinante de las administraciones, la forma como han administrado la educación, que ha sido tomada como fortín político para pagar favores de campaña, lo que hace que se generen nombramientos de secretarios sin ningún perfil para dirigir la calidad educativa del distrito y el departamento; Sin embargo hay una paradoja educativa que merece ser examinada sin que lo anterior se convierta en prejuicios, pero también sin complacencias: ¿cómo se explica que una ciudad con dos escuelas normales, una universidad pública con una importante tradición de formación docente, un patrimonio educativo como el Liceo Celedón y una historia de luchas magisteriales como la Marcha del Hambre aparezca, junto con el Magdalena, en posiciones rezagadas de los resultados de las pruebas estandarizadas?
La pregunta no es menor. Tampoco se resuelve afirmando que los maestros enseñan mal, que los estudiantes no estudian o que las familias no acompañan. Esas respuestas, además de simplistas, desplazan la mirada de las condiciones estructurales hacia los individuos.
Recuerdo que al arribar Santa Marta a comienzo de los 80’s desde Curumaní para estudiar Ciencias Sociales, me encontré con una ciudad en la que llamar “profe” a alguien parecía formar parte del lenguaje cotidiano. Después descubrí algo más profundo: Santa Marta tenía la apariencia de una ciudadela educativa, un territorio donde la escuela, la formación de maestros y la cultura pedagógica ocupaban un lugar importante en la vida social.
Y entonces surge la contradicción: ¿puede existir una cultura educativa que no se traduzca proporcionalmente en los resultados de la evaluación a la que estamos sometidos?
Mi hipótesis de trabajo es que sí. Pero hay que examinar qué entendemos por calidad educativa, qué condiciones permiten convertir la tradición pedagógica en aprendizajes y qué aspectos de la educación quedan fuera de las pruebas.
La paradoja: tener tradición educativa no garantiza mejores resultados en la evaluación del estado.
La historia de Santa Marta permite formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando un territorio acumula instituciones, maestros, memoria pedagógica y prestigio educativo, pero esa riqueza no se convierte en resultados académicos suficientemente sólidos?
Para dimensionar el problema, los datos publicados de la prueba saber 11 de 2025 ofrecen una referencia reciente. Según el análisis territorial del ICFES, Santa Marta obtuvo un promedio global de 252,1 puntos, frente a 256,3 del país; el promedio reportado para el Magdalena fue de 233,5 puntos.
Estos datos nos obligan a distinguir dos cosas: la existencia de una tradición educativa y la capacidad efectiva de un sistema para garantizar aprendizajes. No son equivalentes.
Una escuela normal puede formar maestros; una facultad universitaria puede producir investigación; un colegio emblemático puede construir generaciones de ciudadanos. Pero, si esas capacidades no se articulan con las escuelas, las políticas públicas, las condiciones de vida de los estudiantes y las prácticas pedagógicas cotidianas, su potencial no necesariamente se refleja en los promedios territoriales.
La primera hipótesis crítica sería esta: Santa Marta pudo haber construido una importante cultura de reconocimiento de la educación sin consolidar, en igual medida, un sistema articulado de mejoramiento de los aprendizajes.
Es una hipótesis que debe investigarse, no una conclusión demostrada por los puntajes.
Comentarios
Publicar un comentario