La arrogancia bien vestida de ignorancia frente a una comunidad intelectual

       Elkin Palma Barahona

En Macondo siempre hubo gobiernos que llegaban prometiendo salvar al pueblo. Unos decían que el enemigo estaba en la plaza; otros, que estaba en los periódicos; otros que era en el monte donde estaban los bandoleros y este gobierno que se avecina con bombos y platillos y falsas promesas, ha sembrado en la mente de medio país la apócrifa idea de que el verdadero peligro se esconde detrás del tablero donde un maestro enseña a un niño a preguntar y a pensar.

Los maestros antiguos, que han visto pasar dictadores vestidos de libertadores y libertadores convertidos en cuatreros de presupuestos, estos maestros algunos caminantes del 66 repetían una advertencia que nadie escucho hasta que fue demasiado tarde: “cuando un gobierno empieza a sospechar de los maestros, no está discutiendo la educación; está discutiendo la libertad de pensar” y estamos seguro que la mente de ningún felino da para esto, ya que esta maña maquiavélica viene andadando desde los tiempos del apogeo del uribismo.

Hoy Colombia parece acercarse a uno de esos cruces peligrosos de la historia. No porque un gobierno sea de izquierda o de derecha, progresista o conservador, sino porque empieza a instalarse un lenguaje que convierte al docente en sospechoso permanente. La palabra "adoctrinamiento" ha comenzado a usarse con la facilidad con que antes se utilizaban otras etiquetas para descalificar a quien pensaba distinto.

Es una palabra poderosa porque no necesita pruebas. Basta pronunciarla para sembrar desconfianza. Desde ese momento, cualquier clase de historia puede parecer propaganda; cualquier conversación sobre democracia puede interpretarse como militancia; cualquier reflexión filosófica puede convertirse, a los ojos del poder, en una amenaza. 

Macondo conoce bien esa enfermedad. Primero se sospecha del maestro. Después se revisan los libros. Más tarde aparecen listas de contenidos aceptables y contenidos inconvenientes. Finalmente, los niños aprenden que es más seguro repetir que pensar.

Y cuando un país llega a ese punto, ya no necesita cerrar escuelas: basta con llenar de miedo a quienes enseñan.

Los anuncios de  DESTRIPAR  al magisterio a través de FECODE, así como los anuncios relacionados con reformas que podrían afectar derechos laborales o el régimen pensional de los docentes, han despertado inquietudes profundas en un sector que durante décadas ha construido una identidad alrededor de la defensa de la educación pública. Más allá de que tales propuestas lleguen o no a concretarse, el solo hecho de plantearlas en un clima de confrontación puede erosionar la confianza entre el Estado y quienes sostienen diariamente la escuela.

La educación nunca florecerá en una relación donde se desprestigia al  maestro y se le convierte en un estorbo para  el Estado. Este va ser el típico gobierno que proyectara una educación carente de su esencia, que forjara una juventud apensante, ahogada en su propia libertad. Una juventud que odie la calle y que no reconozca sus propios derechos. 

Más inquietante aún resulta la posibilidad de que la orientación ideológica de quienes dirigen la política educativa termine influyendo en la autonomía escolar. Toda ministra o ministro de Educación llega con una visión del país, y eso es natural en democracia. Lo preocupante sería que esa visión se tradujera en restricciones al pluralismo, en límites al debate académico o en una reducción de la libertad de cátedra, porque la escuela no pertenece a un gobierno: pertenece a la Nación y a las generaciones que aún no votan.

La historia demuestra que los gobiernos pasan; los niños permanecen.

Los autoritarios de todos los colores comparten una característica: creen que la verdad puede administrarse desde un escritorio ministerial. Les incomodan los profesores que preguntan, los estudiantes que argumentan y las bibliotecas llenas de autores contradictorios. Sueñan con un país donde las respuestas vengan impresas desde arriba y las preguntas se consideren un acto de rebeldía.

Pero la educación nació exactamente para lo contrario.

Un maestro no está para fabricar obediencia. Está para formar criterio. No enseña qué pensar; enseña a pensar. No entrega verdades eternas; ofrece herramientas para que cada estudiante construya las propias.

Confundir pensamiento crítico con adoctrinamiento constituye uno de los errores más peligrosos que puede cometer una sociedad democrática.

Si mañana un gobierno logra convencer al país de que preguntar es sospechoso, la derrota no será de FECODE ni del Ministerio. Será de Colombia.

Porque una escuela silenciosa jamás ha producido una democracia fuerte.

En Macondo los niños aprendían que las mariposas amarillas aparecían cuando alguien estaba enamorado. En la Colombia que podría avecinarse, corremos el riesgo de que los niños aprendan que las preguntas aparecen solamente cuando el gobierno las autoriza.

Ese sería el verdadero fracaso de la educación.

No porque desaparezcan los maestros.

No porque cambien las pensiones.

Ni siquiera porque se modifiquen los programas escolares.

El verdadero desastre ocurriría el día en que un docente, antes de entrar al salón de clases, tenga que preguntarse no qué necesita aprender su estudiante, sino qué puede decir sin convertirse en enemigo del poder.

Ese día, Macondo dejaría de ser una novela para convertirse en un ministerio. Maestros sigamos amasando la masa más fecunda que tenemos en nuestras manos, no comamos de amenaza, de dictaduras mediáticas, el magisterio es un gremio de intelectuales del que ninguna sociedad puede prescindir.


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