LOURDES BERNAL: una huella eterna en cada aula en más de medio siglo en la IED. Francisco de Paula Santander ELKIN PALMA BARAHONA

    ELKIN PALMA BARAHONA

       DIRECTOR CEID-EDUMAG


La primera vez que la vi, creí que el mar había dejado un secreto en la escuela.
Sus facciones, delicadas y serenas, parecían traídas de un lejano oriente, como si una brisa antigua la hubiese depositado en este rincón del mundo.
Pensé, sin saber por qué, en una chinita que se quedó dormida en un barco y despertó entre pizarras y cuadernos atiborrados de poesías
Había en su mirada una calma profunda, de esas que no se aprenden, sino que se heredan de otros cielos.
Su voz no irrumpía: llegaba, como llegan las cosas que saben quedarse.
Y en su presencia, la escuela parecía ensancharse, como si cupiera en ella otro continente.
No era solo una maestra: era un misterio vestido de tiza, ahora de marcadores de tintas indeleble.
Desde entonces supe que su historia no empezaba aquí… sino mucho antes, en algún lugar del viento.

Un jueves a mitad de siglo, amaneció distinto en la memoria del tiempo, como si el calendario hubiera sido escrito por un viejo gitano que conocía los destinos antes de nacer. Era 20 de marzo de 1975 cuando Lourdes Bernal cruzó por primera vez el umbral de la escuela Santander, llevando en sus manos no solo cuadernos, sino una vida entera dispuesta a florecer en la tiza frente a los tableros verdes.

Tenía apenas dieciséis años y ya el viento le había coronado la frente: reina de carnavales, muchacha de risa encendida, con los ojos llenos de tamboras y atardeceres. Pero ese día dejó la música suspendida en el aire y se internó en un territorio más silencioso: el de las palabras que enseñan, el de las miradas que aprenden, el de los poemas que tatúan el alma de discípulos vestidos de estudiantes.

La escuela, en aquel entonces, era un reino de muchachos grandes, de voces gruesas y pasos desordenados; un mundo hecho solo de varones donde el eco de lo femenino aún no encontraba asiento. sino que tuvo la alegría inmensa de vivir de cerca y a plenitud, el paso de la escuela de varones a la nueva Escuela Santander Mixta. Y así, con la delicadeza firme de quien no pide permiso al destino, comenzó a sembrar otra historia. Como quien abre ventanas en una casa cerrada, 

Los años no pasaron: se fueron quedando. Se instalaron en las paredes, en los pupitres, en los cuadernos que guardan nombres que ya son hombres y mujeres. Cincuenta y un años después, Lourdes sigue ahí, como un árbol que no conoce el abandono, creciendo hacia adentro de cada estudiante que alguna vez tocó su voz.

Mientras el mundo cambiaba de prisa —carreteras, máquinas, pantallas— ella se fue formando también, puliendo su vocación como quien afina un instrumento sagrado. Y en cada aprendizaje suyo, florecía un aprendizaje en otros, porque hay maestros que enseñan materias… y hay otros, como ella, que enseñan a existir.

Lourdes no enseña: siembra. Y lo hace con la paciencia antigua de quien conoce el misterio de la palabra, como si cada sílaba fuera una semilla que solo germina en el silencio del alma. En sus manos, los cuadernos dejan de ser páginas vacías y se convierten en territorios donde la emoción aprende a nombrarse. Ella no dicta versos: despierta en sus estudiantes la sospecha de que la vida también puede escribirse con belleza.

Hay algo en su voz —tal vez un eco lejano de los vientos que cruzan mares invisibles— que invita a los jóvenes a mirar más hondo, a descubrir que dentro de ellos habita un poeta que espera ser reconocido. Y así, sin alardes, ha ido dejando en el corazón de un centenar de alumnos una huella indeleble: el gusto por la palabra bien dicha, por la imagen que ilumina, por el verso que consuela.

Porque Lourdes no solo enseña literatura: revela mundos. Y en cada estudiante que hoy escribe, que siente, que se atreve a decir lo que antes callaba, queda latiendo la certeza de que alguna vez, en un aula cualquiera, una maestra les enseñó que la poesía también es una forma de vivir.

Hoy, la I.E.D. Francisco de Paula Santander no es solo una institución: es un territorio de memoria donde camina, invisible y eterna, la huella de aquella muchacha que un jueves decidió quedarse para siempre.

Y si uno escucha con atención en los pasillos, entre el polvo dorado de la tarde, todavía se oye el eco de sus primeros pasos, como si el tiempo —agradecido— se negara a dejarla ir.



Comentarios

  1. SI ALGUIEN SABE QUE MAESTRO TIENE ESTE RECORD de permanencia en una escuela por favor informarmarnos, esto es mas que un ejemplo de vocacion de entrega de compromiso, de resiliencia, de tolerancia,,,

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