EL CARNAVAL PEDAGOGICO: Cuando la escuela aprende a bailar su propia historia..
ELKIN PALMA BARAHONA
CEID-EDUMAG
Alguna vez Paulo Freire dijo: “que nadie educa a nadie, sino que nos educamos en comunión con el mundo”
Durante muchos años, como si la brisa “loca” de febrero fuera un enemigo del cuaderno, la escuela del siglo XXI cerraba sus puertas cuando el tambor comenzaba a latir. El Carnaval era visto como una pausa incómoda, un paréntesis festivo que “atrasaba la academia”. Se decretaban cuatro días de silencio escolar, como si el conocimiento solo habitara en el tablero y no en la calle; como si la cultura popular fuera sospechosa y el jolgorio un pecado pedagógico.
Pero Paulo Freire nos enseñó que la educación no puede ser un acto bancario donde se depositan contenidos desarraigados de la vida. La escuela que ignora la cultura de su pueblo se vuelve extranjera en su propio territorio. Y en la Costa Caribe, el Carnaval no es un accidente folclórico: es memoria viva, es resistencia histórica, es narrativa colectiva. Es el pueblo pensándose a sí mismo con máscara, danza y tambor.
Rechazar el Carnaval como simple jolgorio es desconocer que allí palpita un archivo simbólico de siglos: la herencia indígena, africana y europea dialogando en comparsas; la crítica social disfrazada de sátira; la libertad expresada en colores. El Carnaval no atrasa la academia; la desafía a dejar de ser rígida y a comprender que el conocimiento también se mueve al ritmo del millo y la tambora.
Freire insistía en que la educación auténtica parte de la lectura del mundo antes que de la lectura de la palabra. ¿Y qué es el Carnaval sino una lectura colectiva del mundo? En sus danzas se cuentan injusticias; en sus letanías se ironiza el poder; en sus disfraces se invierte el orden social para recordar que toda autoridad debe ser cuestionada. Allí hay pensamiento crítico en estado puro. “Ojalá me hubiese quedado un espacio en Crecer filosofando para este tópico tan esencial de la negación pedagógica de quienes no entienden la esencia de este patrimonio etnologico del ser humano”.
Proyectar el Carnaval desde la escuela es convertirlo en un ánfora pedagógica: un recipiente simbólico donde se guarda y se resignifica el gen identitario del ser humano caribe. No se trata de folclorizarlo ni de trivializarlo, sino de problematizarlo. ¿De dónde vienen nuestras danzas? ¿Qué memorias de dolor y resistencia guardan? ¿Qué tensiones sociales revela la sátira? ¿Cómo dialoga el Carnaval con la libertad y la dignidad humana?
Hoy el Distrito organiza el Carnaval Pedagógico, y EDUMAG hace presencia activa como actor gremial que comprende que la cultura también educa y sindicaliza la esperanza. Nuestra Escuela Santander no se queda atrás: ya tiene preparada su reina y su comparsa, no como adorno superficial, sino como proyecto transversal donde convergen historia, literatura, música, ética y ciudadanía.
La libertad que proclama el Carnaval no es anarquía; es posibilidad. Y la escuela, lejos de censurarla, la modula pedagógicamente: la orienta hacia el reconocimiento del otro, hacia la convivencia, hacia el análisis crítico de nuestras tradiciones. Porque una escuela que teme al tambor es una escuela que teme al pueblo.
En Macondo, que bien podría ser cualquier barrio de Santa Marta cuando febrero florece, aprendimos que la memoria se transmite también en la fiesta. Que la risa puede ser subversiva. Que la identidad no se enseña en abstracto, sino que se baila, se canta y se cuestiona.
Si queremos una escuela del siglo XXI verdaderamente humanista, debemos permitir que el Carnaval entre por la puerta grande, no como visitante tolerado, sino como maestro colectivo. Porque cuando la escuela abraza su cultura, deja de ser un edificio cerrado y se convierte en territorio vivo.
Y entonces, mientras la reina de la Escuela Santander salude con dignidad pedagógica y la comparsa avance entre libros y tambores, comprenderemos que educar en el Caribe es, también, aprender a danzar nuestra historia sin dejar de pensarla críticamente.
Saludo maestros.
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